viernes, 22 de marzo de 2019

Las sorprendentes maneras en que las horas a las que comemos afectan a tu peso y tu salud

Las sorprendentes maneras en que las horas a las que comemos afectan a tu peso y tu salud
El reloj corporal, el metabolismo y la digestión interactúan de formas complejas. De modo que, a la hora de llevar una dieta sana y de mantener un peso equilibrado, no solo influye qué se come sino cuándo se come.
Cuando los jóvenes comienzan la universidad, es común que aumenten de peso. En Estados Unidos llaman a este fenómeno “freshman 15”, en referencia a las 15 libras (algo más de seis kilos) que normalmente ganan durante el primer año en que los estudiantes viven fuera de casa.
En parte, este aumento de peso puede explicarse por la sustitución de comidas caseras por comidas precocinadas y comidas rápidas, combinadas con la reducción de la actividad física.
Sin embargo, cada vez más, los científicos están apuntando un factor adicional: el trastorno del ritmo circadiano, provocado por una cultura de comer y beber a altas horas de la noche y patrones de sueño inconsistentes.

La importancia del reloj

Durante décadas nos han dicho que el aumento de peso -junto con enfermedades asociadas como la diabetes tipo 2 y los padecimientos cardíacos- se debe a la cantidad y el tipo de alimentos que consumimos.
Plato con un reloj
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No se trata solo de lo que comes, sino cuándo comes.
Pero hay una evidencia creciente que sugiere que la hora también es importante: no se trata solo de lo que comes, sino cuándo comes.
La idea de que nuestra respuesta a la comida varía en diferentes momentos del día, sin embargo, no es totalmente nueva.
Los antiguos médicos chinos creían que la energía fluía alrededor del cuerpo en paralelo con los movimientos del sol, y que nuestras comidas debían programarse en consecuencia: de 7:00 a 9:00 era la hora del estómago, cuando se debía consumir la mayor comida del día; de 9:00 a 11:00 se centraba en el páncreas y el bazo; de 11:00 a 13:00 era el momento del corazón, y así sucesivamente.
Creían que la cena debía ser un asunto ligero, consumida entre las 17:00 y las 19:00, que era cuando predominaba la función renal.
Reloj con alimentos.
Getty Images
La idea de que nuestra respuesta a la comida varía en diferentes momentos del día no es totalmente nueva.
Aunque la explicación es diferente, la ciencia moderna sugiere que hay mucha verdad en esa antigua sabiduría.
Muchas personas piensan que la razón por la que se aumenta de peso si se come por la noche es porque hay menos oportunidades de quemar esas calorías, pero esto es simplista.
“La gente a veces asume que nuestros cuerpos se apagan cuando estamos dormidos, pero eso no es cierto”, dice Jonathan Johnston, de la Universidad de Surrey, quien estudia cómo nuestros relojes corporales interactúan con los alimentos.
Entonces, ¿a qué se puede deber?

La importancia del sueño

Una posibilidad es que comer por la noche extienda la ventana general durante la cual se consumen los alimentos. Esto le da a nuestro sistema digestivo menos tiempo para recuperarse y reduce la posibilidad de que nuestros cuerpos quemen grasa, ya que la quema de grasa solo ocurre cuando nuestros órganos se dan cuenta de que no hay más alimentos en camino.
Doctor midiendo la cintura a un paciente.
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Nuestra sensibilidad a la hormona insulina, que permite que la glucosa ingrese a nuestras células y se use como combustible, es mayor durante la mañana que durante la noche.
Antes de la invención de la luz eléctrica, los humanos se despertaban aproximadamente al amanecer y se acostaban varias horas después de la puesta del sol, y casi toda la comida se consumía durante las horas del día.
“A menos que tengamos acceso a la luz, luchamos por mantenernos despiertos y comer en el momento equivocado“, dice Satchin Panda, biólogo circadiano del Instituto Salk en La Jolla, California, y autor de The Circadian Code.
Su propia investigación ha revelado que la mayoría de los estadounidenses comen a lo largo de 15 horas o más cada día, consumiendo más de un tercio de las calorías del día después de las 18:00 horas, algo muy diferente a cómo deben haber vivido nuestros antepasados.
Ahora considera a esos estudiantes universitarios, comiendo y bebiendo hasta altas horas de la noche. “Un estudiante universitario típico rara vez se duerme antes de la medianoche, y también tienden a comer a medianoche”, dice Panda.
Sin embargo, muchos estudiantes tendrán que levantarse para ir a clases al día siguiente, lo cual, suponiendo que desayunen, reduce aún más la duración de su ayuno nocturno.
Mujer comiendo con la puerta del frigorífico abierta.
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Mantener el frigorífico bajo llave por la noche puede ser una buena idea si quieres perder peso.
También significa que están acortando su sueño, y esto también podría aumentar la probabilidad de que aumenten de peso.
Un sueño inadecuado altera la toma de decisiones y el autocontrol, lo que potencialmente conduce a una mala elección de alimentos, y altera los niveles de las “hormonas del hambre”, la leptina y la grelina, lo que aumenta el apetito.

Un engranaje de relojes

Dentro de cada célula de tu cuerpo, hay un reloj molecular que regula el tiempo de casi todos los procesos y comportamientos fisiológicos, desde la liberación de hormonas y neurotransmisores hasta la presión arterial y la actividad de las células inmunitarias.
Estos relojes se mantienen en sincronía entre sí y también con la hora del día, a través de señales desde una pequeña área de tejido cerebral llamada núcleo supraquiasmático (NSQ). Y su ventana al mundo exterior es un subconjunto de células sensibles a la luz en la parte posterior del ojo llamadas células ganglionares de la retina.
Ilustración del núcleo supraquiasmático.
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Los relojes de nuestro cuerpo se mantienen en sincronía a través del núcleo supraquiasmático.
El objetivo de todos estos relojes “circadianos” es anticiparse y prepararse para eventos regulares en nuestro entorno, como la llegada de alimentos.
Cuando viajamos al extranjero, el tiempo de nuestra exposición a la luz cambia, y nuestros relojes corporales se desplazan en la misma dirección, aunque se adaptan a diferentes velocidades. El resultado es el jet lag, que no solo nos deja con sueño o despiertos en los momentos equivocados, sino que también puede desencadenar problemas digestivos y malestar general.
Sin embargo, la luz no es el único factor que puede cambiar nuestros relojes. Cuando comemos también podemos cambiar las manecillas de esos relojes en el hígado y los órganos digestivos.
Los procesos complejos, como el metabolismo de las grasas o los carbohidratos de la dieta, requieren la coordinación de numerosos procesos que ocurren en el intestino, el hígado, el páncreas, el músculo y el tejido graso.
Si la conversación entre estos tejidos se revuelve, se vuelven menos eficientes, lo que a largo plazo puede aumentar el riesgo de padecer varias enfermedades.
En un estudio reciente, los investigadores compararon los efectos físicos de dormir cinco horas por noche durante ocho días consecutivos, con la misma cantidad de sueño pero en momentos distintos.
En ambos grupos, la sensibilidad de las personas a la hormona insulina disminuyó y la inflamación sistémica aumentó, aumentando el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2 y enfermedad cardíaca.
Sin embargo, estos efectos fueron aún más notorios en aquellos que dormían en momentos distintos (y cuyos ritmos circadianos estaban, por lo tanto, desalineados): en los hombres, la reducción de la sensibilidad a la insulina y el aumento de la inflamación se duplicaron.
Comida en un avión.
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Los viajes internacionales interrumpen nuestro ritmo circadiano.
Eso podría ser un problema para los viajeros frecuentes o cualquier persona que trabaje por turnos.
Según encuestas europeas y estadounidenses, entre el 15 y el 30% de la población activa realiza algún tipo de trabajo por turnos, lo que a menudo equivale a comer o estar activo cuando el cuerpo no lo espera.
El trabajo por turnos se ha relacionado con una serie de afecciones, que incluyen enfermedades cardíacas, diabetes tipo 2, obesidad y depresión, y la alteración circadiana provocada por esta irregularidad se considera como la principal causante.
Sin embargo, todos somos trabajadores por turnos, al menos en parte, dice Panda. Se estima que el 87% de la población general mantiene un horario de sueño diferente los días de semana, en comparación con los fines de semana, lo que resulta en un jet lag social.
Las personas también tienden a desayunar al menos una hora más tarde los fines de semana, lo que puede resultar en el llamado “jet lag metabólico” .

La importancia de la rutina

Gerda Pot, investigadora de nutrición en el King’s College de Londres, estudia cómo la irregularidad diaria en la ingesta de energía afecta a la salud a largo plazo.
Pot se inspiró en su abuela, quien era rigurosa con sus rutinas. Cada día desayunaba a las 7:00, almorzaba a las 12:30 y cenaba a las 18:00. Incluso era intransigente con el horario de sus colaciones: café a las 11.30 y té a las 15:00.
Pot está convencida de que esta rígida rutina de su abuela la ayudó a mantenerse con buena salud hasta que cumplir casi los 95 años.
Hay algunas buenas razones para creerlo. Nuestra sensibilidad a la hormona insulina, que permite que la glucosa de los alimentos que comemos ingrese a nuestras células y se use como combustible, es mayor durante la mañana que durante la noche.
Aparato para medir el nivel de azúcar en la sangre.
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No tener horas regulares para nuestras comidas puede aumentar el riesgo de padecer enfermedades como la diabetes.
Cuando comemos tarde, la glucosa permanece en nuestra sangre durante más tiempo, lo que a largo plazo puede aumentar el riesgo de desarrollar diabetes tipo 2, donde el páncreas ya no produce suficiente insulina.
También puede dañar tejidos en otros lugares, como vasos sanguíneos o nervios en los ojos y pies. En el peor de los casos, esto puede resultar en ceguera o amputaciones.
Utilizando datos de una encuesta en Reino Unido que ha rastreado la salud de más de 5.000 personas durante más de 70 años, Pot descubrió que, aunque consumían menos calorías en general, las personas que tenían una rutina de comidas más irregulares tenían un mayor riesgo de desarrollar síndrome metabólico: un conjunto de afecciones que incluyen presión arterial alta, niveles elevados de azúcar en la sangre y niveles anormales de grasa y colesterol en la sangre, que en conjunto aumentan el riesgo de padecer una enfermedad cardiovascular y diabetes tipo 2.
Entonces, ¿qué debemos hacer al respecto? Esforzarse por ser consistentes con los tiempos de sueño y de comidas es un buen primer paso.
Cuando abrimos las cortinas y vemos la luz brillante de la mañana, esto restablece el reloj maestro en el cerebro, por lo que al desayunar poco después eso refuerza el mensaje en los relojes de nuestro hígado y sistema digestivo. Por lo tanto, comer un buen desayuno puede ser esencial para mantener nuestros relojes circadianos funcionando en sincronía.
Amanecer
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Con la luz de la mañana se restablece el reloj maestro en el cerebro.
Algunos abogan por un enfoque más estricto de renunciar a todos los alimentos durante al menos 12 horas.
En un estudio histórico publicado en 2012, Panda y sus colegas compararon un grupo de ratones que tenía acceso a alimentos grasos y azucarados en cualquier momento del día o de la noche, con otro grupo que solo podía consumir estos alimentos en un período de ocho a 12 horas durante su “día”.
A pesar de que consumieron la misma cantidad de calorías, los ratones cuya ventana para comer estaba restringida parecían estar completamente protegidos de las enfermedades que comenzaron a afectar al otro grupo: obesidad, diabetes, enfermedades cardíacas y daño hepático.
Y, aún más, cuando los ratones con estas enfermedades siguieron un horario de comidas restringido, se recuperaron nuevamente.
“Casi todos los animales, incluyéndonos a nosotros, evolucionaron en este planeta con un ritmo muy fuerte de 24 horas en luz y oscuridad, y los ritmos asociados de comer y ayunar”, explica Panda.
“Creemos que una función importante (de estos ciclos) es permitir la reparación y el rejuvenecimiento cada noche. No se puede reparar una carretera cuando el tráfico todavía está en movimiento”.
Por eso, el adagio de que se debe desayunar como un rey, almorzar como un príncipe y cenar como un pobre parece más cierto que nunca.
https://www.24horas.cl/noticiasbbc/las-sorprendentes-maneras-en-que-las-horas-a-las-que-comemos-afectan-a-tu-peso-y-tu-salud-3182904

sábado, 2 de marzo de 2019

Saben leer pero no entienden lo que leen: una nueva generación de analfabetos

¿Cuándo fue la última vez que leíste un texto, de principio a fin, sin desesperarte, sin cansarte, sin interrumpir tu lectura, sin distraerte y sin querer pasar urgentemente a otra cosa?
Esta pregunta, por sencilla que pueda parecer, es capaz de revelar una de las tendencias contemporáneas más preocupantes: el impacto del Internet y sus tecnologías derivadas parece haber creado una nueva forma de analfabetismo funcional, en el cual la gente sabe leer pero es incapaz de mantener su atención lo suficientemente en la lectura como para comprender las ideas que propone un texto o la abstracción inherente a toda escritura, y menos para recrear los efectos emocionales y estéticos propios de ciertas obras.
Como quizá muchos de nosotros sabemos por experiencia propia, la lectura ha experimentado a lo largo de los últimos años una de las transformaciones más importantes de su historia. Después de al menos un par de siglos de ser una práctica realizada en silencio y con cierto grado de soledad, en nuestra época ambas condiciones han cambiado radicalmente, pues el silencio ha sido sustituido por un ruido casi omnipresente y multiforme: el ruido de la distracción; e igualmente, la soledad en la que la lectura se desarrollaba ha sido reemplazada poco a poco por una peculiar forma de la presencia y la compañía (mensajería instantánea, redes sociales, etc.), capaz de irrumpir en todo momento y circunstancia.
La “era de la ansiedad” que con lucidez desoladora prefiguró W. H. Auden ha arrasado, entre muchos otros bienes, con la posibilidad de sentarse tranquilamente a pasar las páginas de un libro, sumergirse en su lectura y por un instante suspender la corriente incesante del tiempo para situar en su lugar los acontecimientos que la escritura es capaz de implantar en nuestra percepción.
La constatación de este fenómeno no es un asunto menor. Si la lectura suele considerarse importante a priori, es porque durante varios siglos se dio por sentado que los libros eran la mejor forma de almacenar conocimiento fuera de nuestra memoria. De todos los saltos civilizatorios que ha experimentado la humanidad, la escritura fue uno de los más decisivos. Sin ésta, es muy posible que nuestra especie seguiría repitiendo los mismos errores de nuestros ancestros más remotos, y aunque en algunos casos esto sucede así, en muchos otros, sobre todo aquellos relacionados con la técnica, la escritura y la lectura han sido dos herramientas clave para el desarrollo de la cultura.
Vale la pena recordar que leer no es únicamente descifrar los signos que conforman una palabra, un párrafo o un libro entero, sino además entender de manera amplia el sentido de aquello que se lee: su sentido literal y su sentido figurado, el uso que se le da al lenguaje, el mensaje que se busca transmitir, la posición ideológica desde la cual se habla y otras sutilezas presentes en un texto. Los analfabetas funcionales de nuestra época tienen las habilidades necesarias para descifrar las palabras, pero han perdido su comprensión lectora. De cierta manera, este resultado puede verse como un desperdicio de todos los recursos alguna vez invertidos en el esfuerzo de aprender a leer.
Entre otros testimonios que podrían recabarse respecto de esta situación, quizá los más elocuentes se encuentren entre los profesores de los niveles medio y superior de la educación escolarizada. En numerosos casos, profesores de casi cualquier disciplina han manifestado su preocupación por la dificultad de los jóvenes para mantener su atención en una tarea.
En cuanto al caso específico de la lectura, el periódico The Guardian recoge como ejemplo la experiencia de Mark Edmundson, profesor de literatura inglesa que ha constatado que existe una amplia reticencia de los estudiantes hacia las obras más emblemáticas de los siglos XIX y XX, debido a que no tienen la paciencia para leer profundamente. Edmundson habla incluso de una suerte de “impaciencia cognitiva” que se interpone entre la mente del estudiante y la recepción de la obra literaria.
Por su parte Ziming Liu, de la Universidad Estatal de San José (California), ha realizado estudios en torno a una práctica conocida en el mundo anglosajón como skimming, lo cual puede traducirse como “hojear” (con cierta evocación a la idea de destilar). De acuerdo con Liu, no son pocos los estudiantes que ahora no hacen más que “hojear” los textos que leen, buscando los términos que consideran importantes para pasar pronto a otra cosa.
Esta forma de “leer”, sin embargo, va en contra de la naturaleza misma de la lectura. Patricia Greenfield, psicóloga de la Universidad de California en Los Ángeles, ha explicado en sus investigaciones que la lectura ocurre como un circuito que requiere de todo un ambiente para desarrollarse y culminar en la generación del conocimiento. Interrumpir alguna de las fases de ese circuito, suprimir alguno de sus componentes, saltarse alguno de los pasos conduce necesariamente a un resultado incompleto y en no pocos casos equivocado. La expectativa de inmediatez a la que estamos tan habituados no puede cumplirse en la lectura, en la cual los resultados se obtienen paulatina y gradualmente, como culminación de un proceso que en sus etapas intermedias agrega cada vez pequeños o grandes componentes que ya por sí mismos pueden considerarse ganancias parciales.
Como hemos señalado en otros textos, nuestra época ha sido afectada de manera notable por la transformación radical que trajo la invención del Internet y las comunicaciones digitales. Un ámbito de esa transformación es, claramente, la capacidad de atención del ser humano. La conexión 24/7 propia del Internet se convirtió en una conexión también incesante para nuestra mente y, más aún, en una especie de tiranía para nuestra atención.
¿Al ser humano todavía le interesa acceder al conocimiento? Esta pregunta sin duda está en el origen del interés que se puede tener por la lectura. Más allá de las condiciones adversas o favorables, el interés por una tarea o por sus resultados esperados es, indudablemente, la pieza clave que nos lleva a emprender los esfuerzos necesarios para realizarla.
Lo paradójico sería que en una época que alguna vez fue llamada la era de la información, el sujeto contemporáneo simplemente prefiera vivir en la ignorancia, la mentira, el prejuicio o la ilusión de la verdad: nubes del pensamiento que la lectura ayuda a disipar.
https://pijamasurf.com/2019/02/saben_leer_pero_no_entienden_lo_que_leen_una_nueva_generacion_de_analfabetas/

La ignorancia motivada: No nacemos siendo ignorantes, aprendemos a ser ignorantes

Siempre hemos pensado que ignorar es un verbo pasivo. La ignorancia es la falta de conocimientos, un estado de desinformación o una carencia de comprensión. Por tanto, calificamos a una persona como “ignorante” cuando desconoce o no comprende algo.
Ese carácter pasivo implica que, de cierta forma, esa persona no es responsable de su ignorancia, simplemente arrastra consigo esa “carencia”. Es curioso, sin embargo, que no apliquemos el calificativo de ignorante a los niños, a pesar de que estos no suelen dominar los mismos conocimientos de los adultos.
Eso significa que la ignorancia parte de un presupuesto: algo que deberíamos conocer pero no sabemos, un camino que debíamos haber recorrido pero no lo hicimos. Entonces la ignorancia abandona su significado pasivo para tener una acepción activa que implica no reconocer algo o actuar como si no se supiera. Caemos en lo que se conoce como “ignorancia motivada”.
¿Qué es la ignorancia motivada?
La ignorancia motivada es cuando elegimos, de manera más o menos consciente, no saber más, no profundizar, no comprender. Esa ignorancia es terriblemente peligrosa porque suele conducir a posturas extremas y cercena nuestra capacidad para seguir creciendo y madurandoCuando decidimos ser ignorantes, alguien más decidirá en nuestro lugar. Nos convertimos en personas manipulables.
Ya lo había dicho Goethe: “nada hay más terrible que una ignorancia activa”. El filósofo Karl Popper pensaba lo mismo: “La verdadera ignorancia no es la ausencia de conocimiento, sino la negativa a adquirirlo”.
Esa ignorancia motivada puede darse en todos los ámbitos de nuestra vida. Algunas personas comienzan a sentirse mal, pero en vez de ir al médico para recibir un diagnóstico, prefieren refugiarse en la ignorancia suponiendo que todo está bien. Otras personas sospechan que su pareja le es infiel pero, en lugar de despejar las dudas, eligen permanecer en la ignorancia. Lo mismo ocurre a nivel político o social: cuando ya tenemos una idea formada, elegimos no escuchar o dar valor a los argumentos contrarios.
¿Por qué elegimos la ignorancia motivada?
Un experimento realizado en la Universidad de Winnipeg y la Universidad de Illinois demostró cuan fuerte e irracional puede ser nuestra tendencia a la ignorancia motivada. Estos psicólogos reclutaron a 200 personas y les dieron dos opciones: leer y responder preguntas sobre una opinión (matrimonio gay) con la que estaban de acuerdo, o leer un punto de vista opuesto.
Quienes decidieran leer la opinión con la que estaban de acuerdo ganarían 7 dólares; pero si elegían la opinión contraria ganarían 10 dólares. Asombrosamente, el 63% de las personas prefirió leer la opinión con la que estaban de acuerdo rechazando la posibilidad de ganar más dinero.

En ese caso, elegimos ser ignorantes para evitar la disonancia cognitivaHemos desarrollado una concepción del mundo haciendo malabares con nuestras ideas y creencias, y tememos que las opiniones contrarias puedan desestabilizar ese castillo de naipes. Por eso preferimos ignorar todo lo que no se corresponde con nuestra visión. Y eso significa que, en el fondo, la ignorancia motivada es una expresión del miedo.
¿Cómo nos inculcan ese miedo?
“El miedo a nuestra ignorancia es una sensación que nos han inculcado sistemáticamente durante el periodo escolástico. Se trata de la sensación de que no sabemos algo que muchos conocen, por lo que es mejor callar y conformarse”, apuntó el filólogo Igor Sibaldi.
En la escuela, la ignorancia se va revistiendo de un halo negativo. Se comienza a señalar con el dedo al ignorante. Y eso genera una paradoja porque para superar la ignorancia primero debemos reconocerla, pero no podemos reconocerla por miedo a que nos tachen de ignorantes. El escritor Baltasar Gracián decía que “el primer paso de la ignorancia es presumir de saber”.
Deshacerse de la ignorancia en realidad no es difícil, basta informarse, “pero ese comportamiento es imposible para la gran mayoría de las personas porque el hábito de sentirse ignorantes se ha convertido en algo más fuerte que su deseo de aprender”, según Sibaldi.
La ignorancia se convierte en una zona de confort en la que nos sentimos demasiado a gusto como para salir. O quizá ni siquiera nos sintamos tan cómodos, pero el miedo a lo que hay fuera, a todo lo que desafía nuestras creencias, es tan fuerte que nos mantiene paralizados en esa zona de confort. Así elegimos la ignorancia.
Elige saber
El ignorante no es el que no conoce sino el que no quiere conocer. Por tanto, el primer paso para desahuciar la ignorancia es desarrollar una mentalidad de crecimiento, una mentalidad abierta que nos permita explorar el mayor número de posibilidades.
No podemos deshacernos de la noche a la mañana de nuestros estereotipos y creencias, pero podemos ponerlas en duda y buscar más allá de lo que siempre hemos dado por sentado. Debería darnos más miedo morir cada día en una zona de confort que se estrechará cada vez más que salir a descubrir el mundo, por muy diferente o incierto que sea.
Fuente: Frimer, J. A. et. Al. (2017) Liberals and conservatives are similarly motivated to avoid exposure to one another’s opinions. Journal of Experimental Social Psychology; 72: 1-12.
https://es.sott.net/article/65307-La-ignorancia-motivada-No-nacemos-siendo-ignorantes-aprendemos-a-ser-ignorantes

¿Qué relación tiene el estrés con la alimentación? La conexión cerebro-estómago

El cortisol es la llamada “hormona del estrés” y también es el vínculo entre el sistema nervioso y el inmune más conocido de todos. Se produce en la glándula suprarrenal, que está situada encima del riñón. Sus funciones principales son incrementar el nivel de azúcar en la sangre, la glucemia, suprimir el sistema inmunológico y ayudar al metabolismo de las grasas, proteínas y carbohidratos.
Se denomina la hormona del estrés porque en situaciones de amenaza fabricamos grandes cantidades de cortisol, lo que permite la liberación de azúcar en la sangre y aminoácidos que facilitan la contracción muscular en caso de enfrentar un problema que requiera la huída. También es clave para aumentar la capacidad de concentración y que nuestro cerebro pueda tomar decisiones de manera rápida. Tiene mucho que ver con los mecanismos de defensa del cuerpo.
Es una ingeniosa técnica de adaptación al medio que hubo de aprovechar el hombre antiguo, cuya vida se desarrollaba en un ambiente difícil. Hoy la tortilla se ha dado la vuelta casi sin avisar y el estrés propio del actual modelo económico y social está provocando que el cortisol no pare de segregarse en nuestros organismos lo que tiene relación con multitud de “enfermedades de la civilización occidental”.
La secreción prolongada de cortisol debida al estrés crónico, por ejemplo, da lugar a importantes cambios fisiológicos.
Deteriora el rendimiento cognitivo; suprime la función tiroidea; produce desequilibrios del azúcar en la sangre, como la hiperglucemia; rebaja la densidad ósea y la masa muscular; aumenta la presión arterial y la grasa abdominal, que es un factor de riesgo de enfermedades coronarias.
Lo más importante para lo que nos interesa es que se desregulan las respuestas inflamatorias del organismo; el estrés vuelve al intestino más sensible y hace que se contraiga más lo que puede puede desencadenar un Síndrome del Intestino Irritable o una disbiosis intestinal.
¿Qué podemos hacer para controlar el estrés y el cortisol? Lo primero ocuparnos del azúcar, es decir, mantener los niveles de azúcar en sangre mediante una dieta moderada en hidratos.
¿Cual es la explicación? Que la liberación de insulina para compensar la entrada de azúcar en nuestro organismo que aportan los hidratos aumenta la inflamación. El estar mucho tiempo sin comer, unas cinco o seis horas, también provoca la fabricación de cortisol para movilizar la glucosa, lo que es igual a inflamación también.

Tomar extracto de té verde y vitamina B6 ayuda a reducir las respuestas al estrés y a promover el control del peso. Y muy importante, no ingerir cafeína porque estimula las glándulas suprarrenales para producir cortisol.
Por resumirlo mucho: trata de nutrir tu cuerpo con una dieta con muchas verduras y hortalizas, proteínas magras, hidratos de absorción lenta y grasas saludables.
También pueden ser útiles la meditación y las técnicas de relajación. Dedicarnos algunos minutos a nosotros mismos también ayuda a reducir nuestra tensión acumulada a lo largo del día. Ese momento que es sólo tuyo ¿verdad?
Olvídate de todo durante cinco minutos y piensa en algo que te guste, uno de tus paisajes preferidos.
Hacer deporte es muy bueno. Eso sí, también te cuento que el ejercicio demasiado intenso también provoca la liberación de cortisol no hay que olvidar que el estrés también puede ser físico.
Y sexo, sí el sexo tranquiliza ¿o no lo has notado cuando practicas? Cuanto más sexo realizamos, más bajos son los niveles de estrés del organismo. Así lo concluyó un estudio de la investigadora Benedetta Leuner del Instituto de Neurociencia de la Universidad de Princeton (EE.UU.) publicado en la revista científica PLoS One.
Los experimentos de Leuner y su equipo han documentado que múltiples experiencias sexuales a diario durante un período de dos semanas consiguen reducir drásticamente la liberación de cortisol. A este efecto antiestrés hay que sumar, entre otras virtudes y beneficios conseguidos sin esfuerzo (o sí, depende, porque se trata de practicar sexo ¡cada día!) que se reducen los niveles de ansiedad. Esta es la mejor noticia ¿eh?
Dicen que el sistema digestivo es nuestro “segundo cerebro”. Ese cerebro no es un órgano de ideas o pensamientos pero sí que tiene importancia clave en las emociones y sentimientos. Así que eso de que el estómago “se cierre” durante una situación estresante o que sintamos mariposas cuando nos enamoramos y otras expresiones de nuestra cultura popular, como cuando nos hacen una faena y decimos que no podemos “tragar” con eso o ante una situación de tensión que proclamamos que tenemos “un nudo en el estómago”, podrían tener una explicación científica.
También es cierto que para algunos es exagerado el concepto “segundo cerebro” y consideran que los estudios sobre la microbiota y nuestras emociones son aún poco concluyentes.
El caso es que existe conexión entre la digestión, el movimiento intestinal y nuestro estado de ánimoy esto vale tanto para quienes se pasan el día cogiendo flores metafóricamente, como para los tipos “duros” a los que sólo conmueve su fe cientifista.
Como he explicado, nuestro organismo es un Todo en el que la conexión es muy amplia: Respira profundamente, contrae y expande tu abdomen y comprobarás cómo tus nervios entéricos te proporcionan (¡gratis!) unos segundos de relajación.
Este texto, por cierto, es parte de mi próximo libro Comida de verdad. Alimentación sin mentiras ni trucos (Akal) que será publicado en unas semanas.