martes, 9 de abril de 2013


Ser "Protestante" ¿ Qué significa ?



por Daniel Sapia


Si buscamos el término "Protestar" en un diccionario, encontraremos una definición similar a la siguiente:"Manifestar desacuerdo por algo". Por consiguiente, permítaseme una gran síntesis, podemos definir que "protestante" es aquella persona que, al ejercer la protesta, manifiesta su desacuerdo por algo.

Por supuesto, a partir del siglo XVI esta palabra cargó con un significado específicamente aplicado a los Reformadores que expresaron o manifestaron su desacuerdo con los criterios doctrinales y tradicionales aplicados por la Iglesia Católica Romana, considerándolos alejados del verdadero cristianismo, bíblico y apostólico, de los primeros siglos de la iglesia.

Si bien en la historia de la iglesia de Cristo muchos fueron (y son) los verdaderos cristianos que resistieron (y resisten... y resistirán...) los atropellos, desvíos y falsificaciones ejercidas por la Institución Religiosa fundada por el emperador Constantino en el año 313, el primer gran Reformador fue el monje agustino alemán Martín Lutero (1483-1546), quien en el año 1517 emitió su desacuerdo contra el libertinaje curial católico de pago de indulgencias en moneda como medio para obtener la absolución de pecados. La causa desencadenante sucedió cuando llegó cerca de Wittenberg, un fraile domínico llamado Juan Tetzel recogiendo dinero para acabar la construcción de la iglesia de San Pedro en Roma, dando indulgencias a cambio, con autorización del mismo Papa y del arzobispo de Mainz. Tetzel afirmaba que cada vez que se oía sonar el dinero al caer en la caja de recaudación, se libraba un alma del Purgatorio. El pueblo entendió que se compraba no solo el perdón de los pecados pasados sino aún el derecho de pecar durante unos días futuros, doctrina que soltó todos los lazos de la moralidad. Este atropello y degeneración fue conocido por Lutero a través del confesionario (él aún era sacerdote católico), escribiendo indignado las 95 famosas tesis y clavándolas en la puerta de la catedral de Wittenberg.

sábado, 6 de abril de 2013


Tiene alguna relación la luz con las tinieblas.


Cristo nunca inducirá a sus seguidores a que formulen votos que los unirán con personas que no tienen relación con Dios, que no están bajo la influencia consoladora de su Espíritu Santo. La única norma verdadera para el carácter es la santa ley de Dios, y es imposible para quienes hacen de esa ley de Dios la guía de su vida, unirse en confianza y en cordial fraternidad con los que convierten la verdad de Dios en mentira, y consideran la autoridad de Dios como algo sin valor.

Hay un enorme abismo entre el hombre mundano y aquel que sirve fielmente a Dios. Sus pensamientos, simpatías y sentimientos no armonizan en lo que atañe a los temas más importantes: Dios, la verdad y la eternidad. Una de estas clases está madurando como el trigo para el granero de Dios, y la otra como cizaña para los fuegos de la destrucción. ¿Cómo puede haber unidad de propósito o de acción entre ellas? 

“¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios”. Santiago 4:4. 

“Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas”. Mateo 6:24. 

Pero debemos tener cuidado de no dejarnos dominar por un espíritu de fanatismo e intolerancia. No debemos apartarnos de los demás con una actitud que diga: “No te acerques a mí; yo soy más santo que tú”. No se aleje de sus semejantes, sino que procure impartirles la preciosa verdad que ha bendecido su propio corazón. Demuestre que la suya es la religión del amor. 

“Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”
. Mateo 5:16.

Pero si somos cristianos y tenemos el espíritu de Aquel que murió para salvar a los hombres de sus pecados, amaremos las almas de nuestros semejantes lo suficiente como para contrarrestar sus placeres pecaminosos mediante nuestra presencia o nuestra influencia. No podemos aprobar su conducta asociándonos con ellos y participando en sus fiestas y en sus concilios, donde Dios no está presente. Tal conducta, en lugar de ser un beneficio para ellos, logrará únicamente poner en duda la realidad de nuestra religión. Si actuásemos en esa forma, seríamos luces falsas, y con nuestro ejemplo llevaríamos a las almas hacia la ruina.

Hace poco leí acerca de un noble navío que surcaba las aguas del mar, cuando a medianoche se estrelló contra una roca con un estruendo terrible; los pasajeros despertaron y comprendieron horrorizados cuál era su desesperada condición; se hundieron con su barco para no volver a levantarse. El timonel había confundido la luz del faro, y como resultado, cientos de almas fueron arrojadas a la eternidad sin aviso previo. Si una parte de nuestro carácter desfigura la imagen de Cristo, presentamos una falsa luz, y como resultado las almas seguramente serán descarriadas por nuestro ejemplo. 

Mensajes Selectos II, p.145-146.
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